
La palabra conventillo está íntimamente asociada a nuestra cultura. No sólo por su repetida aparición en letras de tango (su inversión clásica en lunfardo, esa jerga porteña, es “yotivenco”), sino por lo que ha representado el conventillo, como lugar de alojamiento e institución social en nuestra cultura. Comprender el significado de esta palabra es entender un poco más a los porteños.
El origen de esta palabra está en los barrios populares de Buenos Aires, hacia fines del siglo XIX. Alrededor de 1870, una epidemia de peste amarilla en la ciudad obligó a que los asentamientos urbanos (en la zona sur de la ciudad, hoy barrios como La Boca, Montserrat, Pompeya y Barracas) se mudaran hacia el norte. Cientos de amplias casas abandonadas que pronto se convertirían en los conventillos.

Por esos mismos años, decenas de miles de inmigrantes llegaban a la ciudad, mayormente de España e Italia, pero también de Alemania, Rusia, Israel, naciones de la ex-Yugoslavia, entre otros. Ellos, pobres como llegaron, comenzaron a alojarse esas casas abandonadas. Cada familia en un cuarto. Llegaba a haber 10 familias por casa, hablando diferentes idiomas, viviendo en condiciones marginales, sin privacidad alguna. Estos nuevos asentamientos de la clase trabajadora fueron denominados por la clase alta local como “conventillos”, como una ironía sobre las condiciones “poco santas” en que vivían.
Justamente en estos conventillos, en esos esfuerzos de la gente por comunicarse, es que surgió el lunfardo, un lenguaje común que combinaba las diversas lenguas. Allí también nacieron muchas de nuestras costumbres, de nuestro espíritu cosmopolita, de nuestra tolerancia a las diferencias y de esa voluntad eterna del porteño de conocer gente nueva, de relacionarse, de hablar, de salir. Hoy en día, podemos decir orgullosos que venimos de esos conventillos y que nuestra ciudad es un gran “yotivenco” donde el extranjero es siempre bienvenido.




































