
Hay espacios de la ciudad que valen por su antigüedad. Uno de ellos es el tradicional bar “La Flor”, en el barrio sureño de Barracas. Hoy quizá sea un barrio alejado del turismo tradicional, pero hace 100 años, cuando el bar abrió, Barracas era un barrio residencial y tradicional, como La Boca o San Telmo, de los pocos aledaños al Centro, en una Buenos Aires mucho más pequeña. “La Flor” recibía familias durante el día y amigos pícaros y simpáticos borrachines de barrio por las noches.
En la clásica esquina de Suárez y Arcamendia, muy cerca del Pasaje Lanín que el artista plástico Marino Santa María se preocupó de intervenir, “La Flor” mantiene su encanto de principios del siglo XX gracias a una remodelación. Se especulaba con una demolición, luego que sus antiguos dueños lo cerraran. Pero, afortunadamente, sigue en pié. Nuevos dueños lo adquirieron y volvieron a ponerlo en forma, manteniendo su estética y su magia.

Al igual que “El Progreso”, otro clásico de Barracas, en las esquina de Montes de Oca y California, este bar preserva su arquitectura y diseño originales. Mantiene el piso original de embaldosado blanco y negro, las mesas de madera oscura y sillas por las que pasaran tantos porteños del siglo pasado. También están la vieja barra de madera y los estantes con botellas de “Licor Mariposa” y “Ginebra Bols” (clásicos tragos de época), las persianas de colores, el quiosco con vitrina y hasta la letrina en el baño de hombres.
“Tarzán” y “La Puñalada” fueron otros de los nombres de esta esquina porteña, tan nostálgica como un tango. En un barrio tradicional de aristocracia, reconvertido en reducto obrero años más tarde, “La Flor” sigue regalando su espíritu de otras épocas. Uno de esos rincones especiales de Buenos Aires que vale la pena conocer: sentarse, pedir un café y mirar por la ventana como lo hacían nuestros abuelos, acodados en la barra.










































